miércoles, 2 de julio de 2008

El Secretariado está de luto… ¿y el país?

Hace poco más de tres meses murió el máximo dirigente de las Farc, Pedro Antonio Marín quien usaba los alias de “Manuel Marulanda Veléz”, en honor a un dirigente comunista antioqueño de los años 30 asesinado por la derecha en los 50 y “Tirofijo” por aquello de que donde ponía el ojo, ponía la bala. Exactamente sucedió el 26 de marzo, dicen las Farc que “por un infarto cardíaco, en brazos de su compañera, acompañado de su guardia personal y de sus compañeros". Dice el gobierno a través de su ministro de Defensa Juan Manuel Santos, que no se descarta que fue una baja militar ya que en “esa época hubo operaciones importantes contra sus campamentos”.

Y añade el funcionario, envalentonado sin duda por los últimos reveses para la cúpula de la organización guerrillera que este año ya ha perdido a tres miembros (Además de Marulanda, Raúl Reyes fue asesinado en un campamento en Ecuador e Iván Ríos traicionado por su lugarteniente) que ojalá las FARC “tuvieran el decoro y la trasparecía de permitir una autopsia para ver cuales fueron las verdaderas causas de su muerte”. Merced a no desconocer los aciertos de inteligencia que en este caso permitieron que llegara a oídos del gobierno no solo la noticia de la muerte sino la fecha y la hora, en un país que ya había matado a Tirofijo decenas de veces, la primera en 1965, se le olvida al ministro que el guerrillero más viejo del mundo con 44 años de lucha, era el líder de la guerrilla más vieja del mundo en el conflicto armado interno más antiguo del hemisferio occidental y con un poder de cohesión sobre el que giraban las decisiones políticas y militares de las Farc. Una exhumación de cadáver no seria otra cosa que una profanación sobre el mito.

Por supuesto que, tras las pretensión de hacer pasar esta muerte como un acierto de la política de seguridad democrática (clásica mentira uribista), el siguiente paso no podía ser otro que enfilar las presiones militares contra el secretariado y los anillos de seguridad del extinto lider. Por ello nada menos que cuatro brigadas móviles del Ejército apoyadas por hombres de la Fudra (Fuerza de Despliegue Rápido) ya fueron destinados a la búsqueda del cuerpo del comandante en la zona de Papaneme, Meta. Allí seguramente aparecerán miles de informantes, muchos ávidos de dinero, dando pistas claves sobre los últimos pasos del que mucha gente en el país calificó con desdeño, como un campesino inculto peleando por un par de gallinas que perdió en un bombardeo en el Tolima.

Por lo que encarna su nombre, cuya imagen pública quedó grabada en la retina del país tras sus apariciones en San Vicente del Caguán, e incluso por su ausencia cuando dejó al Presidente Andrés Pastrana plantado en un acto masivo al inicio de las conversaciones de paz en mayo de 1999 (en lo que se conoció como la crisis de la silla vacía), es obvio que Tirofijo genere odios y pasiones.

Reconoce el mismo Pastrana que era él quien impulsaba y llevaba adelante buena parte de las negociaciones que pretendieron embarcar al país en una solución política al conflicto, pero terminaron en un fracaso de la bandera blanca y un empoderamiento militar y estratégico de las Farc. El ex presidente sostiene que Tirofijo era siempre el portavoz y tomaba las decisiones finales, pero añade que cometió un error muy grande pues “tuvo la oportunidad de pasar a la historia como un hombre de Paz, pero hoy Marulanda muere simplemente apenas como un guerrillero y lo único que dejó en su pasaje por Colombia fue violencia, muertes, secuestros y narcoterrorismo”.

“Un simple guerrillero” nacido en 1930 en Génova, Antioquia que se lleva a su tumba más de medio siglo de historia marcada por una lucha estalinista que creyó en los más benévolos propósitos de la revolución y se desvirtuó por la industria del narcotráfico, el secuestro y el crimen. Lejos están hoy las Farc de ese 27 de mayo de 1964, día de su fundación, en el que Marulanda concretó su sueño de encauzar las autodefensas campesinas que combatían al gobierno conservador de la época en respuesta a la sentida muerte del líder del Partido Liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Una muerte, dicho sea de paso, que hoy Colombia, 60 años después, todavía llora.

Desde entonces Tirofijo se echó al monte a vivir huyendo de lo que la rancia oligarquía llama la civilidad y el Estado Social de Derecho en un país que aún hoy en pleno siglo XXI, pone a paramilitares en el Congreso para tomar decisiones políticas y crear leyes. Ese campesino que se atrincheró en Marquetalia para no dejarse matar y le apostó a un proceso de paz en las tempranas épocas de Belisario Betancourt en los 80´s teniendo como base de conversaciones Casa Verde: un cuartel enclavado en las montañas de la Uribe, por el que, al igual que en el Caguán, desfilaron numerosas personalidades del país para la foto del recuerdo.

Padre de siete hijos reconocidos, entre ellos Olga Marín, compañera sentimental de Raúl Reyes, quien actúo en ocasiones como vocera de las Farc, Marulanda vio como sus intenciones políticas de regresar a la “civilidad”, se fueron extinguiendo con la muerte de más de 5.000 colombianos que se enfilaron en el partido de la Unión Patriótica y fueron perseguidos por el Gobierno y sus escuadrones de derecha.

Hoy, tras su deceso, dice el Ejecutivo que las Farc están derrotadas. Sin duda están arrinconadas y pasan por uno de los momentos de mayor debilidad en su historia (además de los dirigentes muertos ya mencionados, cabe recordar también las capturas de Simon Trinidad y Rodrigo Granda y las bajas de Martín Caballero y el Negro Acacio), pero eso no quiere decir que se hayan extinguido ni mucho menos que la salida de esta guerra sea militar. No importa que todos los desertores, incluida la jefe guerrillera Karina del frente 47 a quien se le acusa de haber asesinado a Alberto Uribe, padre del presidente, digan que se desmovilizaron por el acoso del Ejército. Hay un arraigo fuertísimo en las bases y un respeto sacrílego a lo que “un simple campesino”, que antes de revolucionario fue panadero, tendero, leñador y carnicero, hizo para mantener 40 años de lucha.

Pero también hay un golpe moral, que fue reconocido por el propio Alias Timochenko quien leyó un comunicado confirmando la muerte de Tirofijo, al tiempo que anunció su reemplazo: Guillermo León Saenz, alias “Alfonso Cano”. El ideólogo conocido por su formación en Derecho y Antropología en la Universidad Nacional y su participación en las Juventudes Comunistas (Juco), que dejó sus comodidades del exclusivo barrio Santa Bárbara al norte de Bogotá para irse al monte a fines de la década de los 70, es el nuevo comandante en jefe de las Farc. Una designación que algunos analistas conjuraron como un as político para futuras negociaciones, mientras otros tildaron como un nombre que genera divergencias al interior del Secretariado.

Aunque lideró las negociaciones de paz de Caracas, en 1991, y de Tlaxcala, en 1992, hay que recordar que Cano, fundador también del Movimiento Bolivariano hoy Partido comunista clandestino, es de la línea marxista-leninista ortodoxa y su ascenso no da garantías de diálogo menos frente a un gobierno que no cede un ápice a las pretensiones de despeje de dos municipios para la urgencia inmediata de diálogo: el intercambio humanitario.

No es un buen momento para las Farc, lo que tampoco quiere decir que sea un buen momento para el país, pues el financiamiento del narcotráfico siempre alargara la vida útil de la guerrilla. Esto no significa otra cosa para Colombia que la estela de dolor y muerte continuará; aunque en la historia reciente el secretariado está de luto, después de 50 años de su lucha el país sigue viviendo sus duelos.

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